
Un informe de referencia sobre impactos del cambio climático en España, elaborado por investigadores de la Universidad de Castilla-La Mancha, el CSIC y la Universidad de Barcelona, recuerda algo que suele pasarse por alto. En el último medio siglo se han registrado en España unos 550.000 incendios forestales, que en conjunto han afectado a cerca de 7,5 millones de hectáreas. Y aquí viene lo curioso, el número de incendios ha bajado en la última década respecto a los años 90, pero eso no significa que el problema esté resuelto ni mucho menos que el clima tenga menos que ver.
De hecho, el propio mar está dejando pistas de por dónde van los tiros. El pasado 22 de agosto se registró la temperatura media diaria más alta jamás medida en la superficie del océano entre los 60 grados norte y los 60 grados sur, un dato más inquietante de lo que parece porque agosto es, a escala oceánica, la época más fría del año. El mar absorbe en torno al 91% de todo el calor sobrante del sistema climático, así que cuando esa "reserva" bate récords en pleno invierno oceánico, lo que está anticipando es más calor y menos humedad disponible para los veranos que vienen en tierra, justo los ingredientes que elevan el riesgo de incendio.
De hecho, los propios autores insisten en algo importante, que la superficie quemada haya disminuido en las últimas décadas se debe sobre todo a que hemos mejorado mucho en la lucha contra el fuego, no a que las condiciones meteorológicas sean más favorables. Al contrario, esas condiciones ya están empeorando, y todo apunta a que lo harán aún más.
Y ahí es donde entra el cambio climático de lleno. Las proyecciones hablan de más calor en el sur de Europa a lo largo de este siglo, cuantas más emisiones haya peor, y de menos lluvia sobre todo en invierno y hacia el sureste peninsular. Traducido a riesgo de incendio, hay un dato que impresiona bastante. El índice que se usa para medir el peligro de incendio en España podría pasar de una media de 30 puntos en temporada a rondar los 50 a finales de siglo. Eso son unos 50 días más de temporada de incendios al año.
Dicho de otra forma, lo que hoy consideramos un día de riesgo alto podría acabar siendo, simplemente, un día normal de verano.
Ahora bien, el clima no actúa solo. El informe deja claro que la inmensa mayoría de los incendios en España tienen origen humano, así que el fuego no empieza por sí solo por mucho calor que haga. Lo que sí determina el clima, y de forma muy clara, es lo que pasa una vez que el fuego ya ha prendido, si se propaga poco o se convierte en uno de esos grandes incendios que arrasan miles de hectáreas. Curiosamente, la mayoría de los incendios en España son pequeños, apenas conatos, pero son los pocos incendios grandes los que concentran casi el 40% de toda la superficie quemada cada año.
Tampoco ayuda que el abandono de tierras de cultivo esté dejando más terreno cubierto de vegetación susceptible de arder, ni que la sequía prolongada esté provocando una mortalidad de árboles que, con el tiempo, se convierte en más combustible seco disponible. Hay zonas donde podría pasar justo lo contrario, si el clima se vuelve tan árido que apenas queda vegetación que arder, el riesgo de incendio bajaría, aunque a costa de una degradación del terreno bastante más preocupante.
En Canarias, llevamos ya varios veranos comprobándolo en primera persona. El incendio de Tenerife de agosto de 2023 obligó a evacuar a más de 26.000 personas, el mayor desalojo de la historia del archipiélago, y no fue un caso aislado, cuatro años antes, otro incendio entre Artenara, Valleseco y Tejeda ya había forzado la salida de unas 10.000 personas en Gran Canaria. Algunos científicos empiezan a hablar de una nueva generación de incendios, mucho más rápidos e intensos, que avanzan directamente hacia zonas habitadas y que ya no se combaten solo con más medios aéreos, sino repensando cómo se planifica el territorio.
Este verano de 2026 no ha sido una excepción. El dispositivo de la campaña contra incendios se activó el 1 de junio con más de 2.500 efectivos, 19 helicópteros y 23 drones, previendo un verano caluroso y con mucho pasto seco en el monte. Y, en efecto, a lo largo de julio y la primera semana de agosto Canarias ha encadenado varias alertas máximas por riesgo de incendio, con temperaturas por encima de los 40 grados en medianías, humedades relativas por debajo del 30% y episodios de calima que no han dado tregua al monte para recuperarse. Un patrón que, si las proyecciones del informe se cumplen, todo indica que va a repetirse cada vez con más frecuencia.
Toca planificar pensando en el clima que viene, no en el que ya conocemos, porque repetir las estrategias del pasado en un escenario tan distinto puede salir muy caro.
