¿El cambio climático puede hacernos enfermar sin que lo notemos?

Cuando pensamos en cambio climático nos vienen a la cabeza glaciares derritiéndose, zonas costeras inundadas.Pero hay otra cara del problema, mucho más cercana y bastante más silenciosa, que ya no pasa desapercibida ni para médicos ni para autoridades sanitarias. Nos está afectando a la salud, y los números ya lo dicen.
 
 
El Ministerio de Sanidad, a través del sistema MoMo (Monitorización de la Mortalidad Diaria) del Instituto de Salud Carlos III, cerró el verano de 2025 con una cifra que da que pensar. Entre el 16 de mayo y el 30 de septiembre de 2025, el sistema MoMo estimó 3.832 fallecimientos atribuibles al calor en España, un 87,6% más que el año anterior. Casi el 96% de esas personas tenía más de 65 años, y más de la mitad supera los 85 años de edad.
 

Por detrás de esa cifra global hay otro dato que llama la atención, el de las muertes por golpe de calor confirmado clínicamente, 25 en total durante el verano. Pocas comparadas con las más de 3.800, pero reveladoras, porque en la mayoría de los casos la víctima no solo se enfrentaba al calor, sino también a otros factores, una enfermedad crónica, medicación que reduce la tolerancia térmica, un trabajo o una actividad de ocio al aire libre, o simplemente vivir sola en una casa sin forma de refrescarse. El calor, muchas veces, no mata solo, se junta con la vulnerabilidad de quien lo sufre.

El reparto por sexo y por meses también deja algo claro. Fallecieron más mujeres que hombres, 2.276 frente a 1.556, y casi el 57% de las muertes se concentraron en agosto. Julio se quedó cerca, con algo más de mil. Como si el verano tuviera un pico muy marcado, y ese pico coincidiera justo con las semanas de mayor exposición y menos margen de recuperación para el cuerpo.
 
Los episodios de riesgo extremo también se dispararon ese verano, con 870 situaciones de nivel 3, el de mayor riesgo por calor, un 73% más que en 2024, cuando fueron 501. En total, algo más de una quinta parte de los días del verano tuvo alguna zona del país en riesgo térmico. Este 2026 la historia parece repetirse, con alertas rojas saltando en varias comunidades nada más arrancar la primera ola de calor del año.
 
 

El sociólogo Eric Klinenberg lleva años estudiando por qué el calor mata de forma tan desigual y por qué apenas nos enteramos. Tras investigar la ola de calor de Chicago en 1995, concluyó que la diferencia entre quién sobrevivía y quién no dependía menos del termómetro y más de si esa persona tenía alguien cerca, un vecino, una tienda abierta, un centro donde refugiarse. A esos espacios los llama "infraestructura social", y entre ellos incluye los refugios climáticos que ya empiezan a verse en ciudades europeas. Su idea de fondo encaja bastante con lo que reflejan los propios datos españoles, el calor mata en silencio, sin la imagen impactante de un huracán, y por eso apenas genera titulares aunque se lleve cada verano a más gente.

El calor extremo, además, no se queda solo en el cuerpo. También afecta a la cabeza. Hay estudios que muestran cómo el estrés térmico repercute en las zonas del cerebro que regulan el pensamiento y el razonamiento, algo que puede traducirse en comportamientos más impulsivos, y también en un repunte de síntomas entre quienes conviven con algún trastorno mental. Cuesta imaginarlo, pero el calor también nos cambia el humor y la cabeza, no solo la piel.
Ahora bien, no hay que olvidarse que el frío sigue matando más que el calor en España a lo largo del año, y una ola de frío en enero puede dejar cifras de exceso de mortalidad incluso más altas que las de agosto. Es un matiz que conviene tener en cuenta para no caer en el alarmismo fácil. Pero tampoco quita lo evidente, los veranos son cada año más largos, más duros y más peligrosos para quien ya parte con menos margen, y esa tendencia no da signos de frenar. 
 
La OMS insiste en que todavía hay margen para actuar mejorando la planificación urbana frente al calor, reforzar los sistemas de alerta temprana, cuidar especialmente a la población mayor en los meses de más riesgo. Son medidas que ya están sobre la mesa.
 
Al final, el cambio climático y la salud pública están más relacionados de lo que pensamos. Y puede que entender eso sea justo lo que nos falta para dejar de verlo como algo lejano.